Manuel Fuentes asegura que “la historia es mucho más compleja que presentar a Cortés como un santo o como un demonio”
En los últimos días, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha vuelto a recordar la conquista de América y ha apuntado de nuevo a Hernán Cortés, a quien califica de “ser uno de los más crueles invasores”. El historiador Manuel Fuentes Márquez, creador de librosylanzas, atiende esta entrevista en Trincheras Ocultas con la misión de dar a conocer, sin blancos y negros, la figura del conquistador extremeño que conectó la historia de España y México para siempre.
Pregunta: ¿Crees que Claudia Sheinbaum está utilizando políticamente la figura de Hernán Cortés?
Respuesta: Sí. A mí me duele mucho que se utilice con fines partidistas y fines políticos. No solamente porque soy un apasionado de Hernán Cortés, sino porque todo lo que rodea aquel episodio de la conquista, el establecimiento de los españoles y también lo que había antes, es una amalgama de cuestiones históricas muy complejas.
P: ¿Fue Hernán Cortés un libertador o un genocida?
R: Ni una cosa ni la otra. A mí me fastidia mucho toda la leyenda rosa que se vuelca en torno al personaje, tratándolo de libertador, de héroe inconmensurable o del prototipo del caballero cristiano. Pero también me fastidia la imagen contraria, la de un genocida, un maldito o un violador empedernido.
“A los cautivos obtenidos en guerra justa se les podía marcar con una G, de guerra”
Cortés era una persona de su tiempo que se comportó como lo que cualquiera de su tiempo esperaba que se tenía que comportar alguien como él. Era un hidalgo castellano dedicado al oficio de las armas. Y el oficio de las armas comporta muerte y comporta violencia. Yo todavía no he conocido ninguna guerra que haya sido limpia.

P: Entonces, ¿cómo debemos entender a Hernán Cortés?
R: Como un guerrero de su tiempo. Cortés es un hombre que se va de España para el Nuevo Mundo en busca de un futuro mejor. No solamente para mejorar económicamente, sino para mejorar su linaje, su nombre y su fama.
P: ¿Los llamados pueblos originarios tenían una visión distinta de la guerra?
R: No necesariamente. Ni siquiera los propios pueblos originarios tenían el concepto del oficio de las armas como lo entendemos hoy. Los mexicas eran un pueblo plenamente guerrero. No tenían un concepto indecoroso de la guerra ni de lo que comportaba. La guerra formaba parte de su realidad política, social y religiosa.
P: ¿Qué mentalidad tenía Cortés cuando emprendió la conquista?
R: La mentalidad del caballero cristiano. Hay un artículo magnífico de John Elliott llamado «El mundo mental de Hernán Cortés«. Ahí se explica muy bien que Cortés actuaba movido por dos grandes ideas. La primera era el oficio de las armas, al que se habían dedicado su padre y sus antepasados. La segunda era el ideal del caballero cristiano que va en guerra justa contra el infiel.
Hoy esto puede resultarnos difícil de entender, pero para una persona del siglo XVI era una forma normal de interpretar el mundo.
P: ¿Influyeron los libros de caballerías en Hernán Cortés?
R: Muchísimo. En su cabeza estaban los relatos de Amadís de Gaula, los héroes clásicos y las figuras de Julio César o Alejandro Magno. Sabemos que Cortés había leído a los clásicos grecolatinos. Cuando acomete la conquista, él está pensando también en la trascendencia que dejaron esos personajes históricos.

P: ¿La conquista benefició a algunos pueblos indígenas?
R: En algunos casos sí, pero eso no convierte a Cortés en un libertador. La situación de algunos pueblos pudo mejorar porque estaban sometidos por los mexicas. Sin embargo, nunca hay que olvidar que Cortés va a imponer una nueva élite sobre los dominados.
Cualquier conquista tiene un nuevo escalafón: dominantes y dominados, o conquistadores y conquistados. Eso no es solamente la conquista española. Ha ocurrido en prácticamente todas las conquistas de la historia.
P: ¿Los mexicas eran realmente un pueblo originario?
R: Ese concepto me hace mucha gracia. Los mexicas tampoco estaban allí desde siempre. Llegan al Valle de México aproximadamente a comienzos del siglo XIV procedentes del norte. Cuando llegan, las orillas del lago Texcoco ya estaban pobladas por numerosos pueblos.
“La historia es mucho más compleja que presentar a Cortés como un santo o como un demonio”
Después terminan asentándose, creciendo y dominando a otros pueblos, pero no eran los habitantes originales del territorio. Por eso a veces hacemos juicios muy presentistas y olvidamos la realidad histórica.
P: ¿Es cierto que se marcaba a los esclavos con hierro?
R: Sí, eso ocurrió. A los cautivos obtenidos en guerra justa se les podía marcar con una G, de guerra. Ahora bien, una cosa es la legislación y otra la realidad. La Corona española intentó limitar y posteriormente prohibir muchas de estas prácticas, pero no siempre podía controlar lo que sucedía al otro lado del océano.
La propia Corona se preocupó desde muy pronto por evitar la esclavitud indígena, aunque eso no significa que desapareciera automáticamente.
P: ¿Se marcaba a niños y mujeres?
R: Según la legislación, no. Tú no podías llegar a una población y hacer esclavos a niños. Eso no estaría bien visto ni por la Corona y además podía ser castigado.
La teoría era que solamente podían ser esclavizados determinados cautivos obtenidos en guerra justa. Otra cuestión distinta es que hubiera abusos o que algunos individuos actuaran al margen de la ley.
P: ¿Era algo exclusivo de los españoles?
R: No. Aquellos españoles no estaban inventando nada. Estaban replicando prácticas que existían en Europa, África y también en América. Los propios mexicas tenían esclavos y también justificaban determinadas guerras como guerras justas. La esclavitud era una realidad normalizada en buena parte del mundo durante aquella época.
P: ¿Qué debemos evitar al analizar la conquista de México?
R: Sobre todo el blanco y negro. La historia es mucho más compleja que presentar a Cortés como un santo o como un demonio. Hay que entender que la conquista fue un proceso histórico en el que participaron españoles, tlaxcaltecas, mexicas y muchos otros pueblos con intereses propios.
Cuando simplificamos la historia para convertirla en una herramienta política actual, terminamos perdiendo precisamente lo más importante: comprender cómo pensaban y actuaban las personas de aquella época.

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