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¿A qué llamamos Países Bajos españoles?

Las también llamadas Diecisiete Provincias ocuparon las actuales Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo siendo claves para los reyes Habsburgo españoles en la defensa del catolicismo en Europa

Países Bajos españoles
Escudo de la Monarquía Hispánica, en Malinas. Foto: Javier Rubio

Los Países Bajos españoles es un término que todo el mundo utiliza, pero que pocas veces se sabe situar su inicio. Todo empieza con la concepción diferente que adquieren las Diecisiete Provincias situadas en el centro de Europa que, en su día fueron gobernadas por el emperador Carlos V pero que al final cedió a su hijo español, Felipe II, en su famosa abdicación de Bruselas, en 1555.

De esta forma, el “rey de reyes” nacido en Gante partió para siempre a hacer su retiro en Yuste para vivir en soledad sus últimos años como un fraile, mientras que a su primogénito le tocó enfrentar las amenazas de las guerras civiles religiosas en unos territorios que desconocía completamente.

Las Diecisiete Provincias que conformaron los Países Bajos españoles. Fuente: W.C.

La situación había cambiado. El discurso ante el auditorio selecto reunido en el Palacio de Coudenberg -Bruselas- del nuevo señor natural de los neerlandeses tenía que ser medido al detalle. Sin embargo, cuando al vallisoletano Felipe le tocó pronunciar sus palabras no supo pronunciarlas ni en flamenco ni en francés. Además, se sentó directamente en su silla provocando una falta grave en el protocolo borgoñón, ante la incredulidad de los representantes de las Diecisiete Provincias.

Países Bajos españoles
Estatua del último rey español, Carlos II. Fuente: Javier Rubio

En su lugar, el discurso lo dio el cardenal Granvela, oriundo de Borgoña, lo que fue un guiño claro al origen de la dinastía familiar. Tal y como recoge el libro, «La huella de España en Flandes», a partir de aquel momento, los condes, nobles y, quizás, la persona con el único título de príncipe de aquellos territorios -Guillermo de Orange- comenzaron a notar el cambio de una gobernación europea dirigida por Carlos V, criado en Malinas al modo de vida flamenco, a una dirigida por Felipe II, que solo se rodeó de consejeros españoles y que se educó a la castellana. ¡Esta es la gran diferencia de ambos reinados!

Los Países Bajos

De esta forma, Felipe II otorgó a su hermanastra Margarita de Parma la responsabilidad de dirigir aquellas tierras a través de la nueva visión hispana de su Monarquía. Es decir, la primera gobernadora de los Países Bajos españoles tenía que representar a su familiar, que no volverá a pisar la actual Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo en los próximos cuarenta años de su vida. Las cartas llegaban desde Madrid, donde el monarca situó su capital en 1561. Si un noble flamenco quería influenciar o dar a conocer su opinión, tenía que viajar a la península para mostrar su descontento ante su soberano, como sucedió en varias ocasiones con los condes Egmont, el marqués de Bergues o el señor de Montigni.

¡Todo había cambiado! Así comenzaron los Países Bajos españoles, conocidos sobre el terreno como The Spanish Netherlands o Les Pays-Bas Espagnols.

Y cabe matizar una cosa, aquí nadie está tratando este tema con un sesgo nacionalista, puesto que en un pasado fueron los Países Bajos borgoñones -dependientes de la casa de Borgoña- y, posteriormente, se consideraron como los Países Bajos austríacos -dirigidos por la rama de los Habsburgo en Viena-. Tampoco quiere decir que aquellas Diecisiete Provincias, con extensión también hacia Francia o Alemania, pertenecieran a “España”, porque el siglo XVI se entiende en clave dinástica y aquellos dominios eran patrimonio de los Habsburgo.

¡Aquellos habitantes dependían de su rey español! Y, como bien sabemos, todos sus descendientes nacerán también en suelo español y defenderán la fe católica que ha permitido la supervivencia de la actual Bélgica y Luxemburgo. En contraste, los Países Bajos del norte abogaron por un calvinismo que no estaba tan extendido como se nos ha pintado, pero que, bajo la dinastía de los Nassau, logró tomar su camino independiente poniendo en jaque los dominios de la Monarquía Hispánica en la Cristiandad, también denominada Europa.

En definitiva, comenzó una lucha entre católicos, apoyados desde Madrid, contra una minoría de protestantes y calvinistas, cuyo epicentro se situó en Ámsterdam donde borraron todo el alma católica del bastión del norte, puesto que fue el refugio y el centro de peregrinaje de muchos feligreses antes de 1578, año que conocen sobre el terreno como «La gran alteración».

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